Semana 48. Como se suele decir, todo lo bueno tiene un final.

Este es uno de ellos. Tras casi un año, cada punto del mapa, anteriormente vacío e inhóspito, es ahora un cúmulo de recuerdos que se alborotan en mi cabeza. Los nombres, que antes resultaban huecos, se vuelven de repente evocadores: Montréal. Québec. Las palabras más básicas toman significados nuevos: Nieve. Lejos. E incluso he añadido a mi vocabulario nuevas realidades: Poutine. Cabanne à sucre.

A duras penas, recojo un año de mi vida en una pequeña maleta, escondiendo un bote de sirop d’érable entre la ropa, para engañar a la nostalgia que sé que me invadirá cuando vea la primera nieve caer.

Pero es a los amigos, a los que se quedan o a los que volvieron antes que yo, a los que sé que más echaré de menos. Recuerdo cómo les conocí y las aventuras que vivimos juntos, y no puedo evitar agradecerles mentalmente por haber hecho que este año fuera inolvidable.

En todo esto pienso cuando el avión despega y yo intento grabar en mi retina la silueta de la ciudad. Siento que ahí, en algún lugar, o quizás en todos a la vez, se queda una parte de mí.

Montréal. Je t’aime.

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